María la Judía, la alquimista

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María encarna el misterio del poder curativo de los aceites esenciales. En esencia, ella materializa la magia que contienen las plantas y su importante rol en el bienestar de las personas, transmitido durante décadas, siglos, milenios.

Alquimia y filosofía para llegar a respuestas trascendentales

Desde sus inicios, el hombre ha intentado responder preguntas como ¿quiénes somos?, ¿para dónde vamos? y ¿de dónde venimos?

Es con el ánimo de tener un acercamiento a estas respuestas que ha evolucionado el estudio de problemas trascendentales en torno al conocimiento, la existencia, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje. La filosofía se ha encargado de guiarnos en ese camino.

En esa búsqueda, la alquimia se desarrolló con la intención de encontrar la piedra filosofal, la panacea universal; los alquimistas estaban convencidos de que en la fuerza de la naturaleza podían encontrar respuestas a los orígenes del hombre y su rumbo. Los textos más antiguos que se conocen sobre la alquimia son de Zósimo de Panópolis, alquimista griego del siglo III. En ellos él relata la evolución del proceso y sus principales protagonistas.

La alquimia nace como la investigación a profundidad de los elementos de la naturaleza y, en la mitología egipcia, se le atribuye a la diosa Isis su nacimiento, a la “Gran Maga”. Las mujeres jugaron un papel clave en la evolución de la alquimia, no sólo por su vinculación con Isis, sino porque en la antigua Mesopotamia eran las mujeres las especialistas en la fabricación y confección de artículos para la casa y la perfumería a través de la extracción de los aceites esenciales de la planta y la manipulación del oro.

Pero entre todo ese panorama, Zósimo nos habla de una mujer en particular que elevó el estatus de la alquimia: María la Judía. Ella intentó dar relevancia a su trabajo y realizó importantes estudios sobre la manipulación de ciertos elementos, dejando importantes textos filosóficos que la elevaron a la categoría de sabios, entre los que se encuentran, según Zósimo, Demócrito, Moisés, Hermes y Chymes, entre otros.

María, la inventora

María era hebrea, y esa es la única certeza de su existencia. Aún no se sabe en qué época vivió entre los siglos I y III, pero uno de sus escritos da como pista que es de la tierra de Abraham. No era normal que una mujer publicara sus trabajos y por eso decidió utilizar nombres de deidades para preservar su identidad; es así como su trabajo tiene la firma de María la Alquimista, María la Judía o Miriam la Profetisa.

En la Biblioteca Nacional de Austria se conserva uno de los escritos de Zósimo, firmado en el Alto Egipto, en los siglos III y IV, donde relata detalladamente la creación de diferentes aparatos para la destilación y algunos otros que son útiles en los laboratorios de alquimia y el proceso conocido como “Baño de María”, utilizado en la actualidad por millones de personas.

En ese sentido, María fue ante todo una inventora de la que se recuerdan, principalmente, dos aparatos que fueron útiles durante siglos: el tribikos y el kerotakis, quizás su invento más importante, usado para calentar sustancias utilizadas en la alquimia y recoger sus vapores.

 

“María fue la más práctica de los alquimistas primitivos, y describió sus aparatos con un estilo de exposición claros (...). Las bases teóricas y prácticas de la alquimia occidental, y por lo tanto, de la alquimia moderna, se deben a María la Judía”, escribió Margaret Alic en su libro “El legado de Hipatia: Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX”.

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